Alexandra
Farbiarz
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Soluciones para el bienestar personal y la sostenibilidad

La vergüenza es un sentimiento que empequeñece y suele llevar a escondernos de cosas que hemos vivido mal o de las que no nos sentimos precisamente orgullosos de haberlas hecho de una determinada manera.

Hay quien pasa mucha vergüenza sin necesidad y hay quien tiene muy poca vergüenza, incluso los hay que no la tienen en absoluto. Los grados de vergüenza, como en cualquier emoción, son variables según quien las vive y según el contexto que los acompaña o los deja de acompañar.

Pero hay otro sentimiento relativo a la vergüenza: es la vergüenza de tener o sentir vergüenza. Esto puede aplicarse a muchas situaciones, pero en este post vamos a centrarnos en un determinado colectivo que no por determinado deja de ser, tristemente, muy numeroso.

Hablamos de las personas que han sufrido acoso y que, por lo tanto, han sufrido maltrato. Algunas de estas personas han tenido herramientas y condiciones para afrontar y resolver este tipo de situación, pero muchas otras no pueden o no saben cómo salir del círculo tremendo en el que viven y en el que, durante mucho tiempo, callan con la esperanza que su maltratador algún día se dará cuenta de lo que está haciendo y las dejará vivir en paz. Y hay personas que se resignan aceptando que el nivel de violencia, ya sea psíquica o física, bajará de intensidad si “se portan bien y obedecen”.

Las personas que viven estas situaciones han llegado a ellas sin ser conscientes de hasta donde podía llegar su acosador. En una ocasión una persona que había sufrido un maltrato continuado me decía que el proceso es parecido a cuando estás conduciendo y durante un tiempo lo ves todo claro. Pero de pronto empieza a haber un poco de niebla, a pesar de ello se sigue teniendo bastante visibilidad, pero poco a poco la niebla va cercando todo el campo visual y, finalmente, se pierde cualquier posibilidad de poder ver por dónde se conduce. Y empieza el miedo y la incertidumbre. Si esta metáfora la trasladamos a una relación de una persona acosadora y una maltratada, lo que suele suceder es que ésta última se va aislando poco a poco y, muchas veces, la vergüenza aflora junto con el sentimiento de miedo y culpa. Una vergüenza por estar viviendo una situación que jamás hubiese imaginado, una situación que cuesta compartir porque suele ser un escenario en el que el acosador suele culpabilizar de cualquier cosa a la persona maltratada y porque el primero suele actuar siempre cuando no hay nadie más del entorno presente, provocando un estado de miedo continuo y latente. Al no visibilizarse el conflicto ante terceros, muy difícilmente, la persona maltratada tendrá testigos que les apoye. Y aun cuando los tenga, puede que estos testigos también teman represalias del que ya saben que es un acosador. Por eso muchas víctimas de acoso tienen vergüenza de poder explicar lo que les está sucediendo.

Por otro lado, hay otra cuestión que impide a las personas acosadas a mostrar su dolor. Puede que ambas personas tengan un vínculo emocional que hace que crean que algún día el maltratador vuelva a ser “aquella persona que conoció”. Pero puede existir otra razón: la relación de poder entre el acosador y el acosado sea desigual.

Imaginemos a una persona con cargas familiares en un trabajo, que se ve constantemente amenazada por su acosador, que puede ser un compañero o un jefe. Esta persona además del agotamiento mental y emocional tiene la responsabilidad de mantener a su familia y encontrar un nuevo trabajo, algo no tan fácil para según qué personas. Las condiciones en las que se sufre acoso son también un elemento determinante a la hora de tomar la decisión de dar el paso para contar lo que se vive y salir del hoyo en el que se encuentran.

Hay algo que sucede durante este proceso a las personas acosadas. A medida que emocionalmente las personas se sienten incapaces de afrontar lo que les está sucediendo, algunas de ellas van contrayendo cada vez más su musculatura, otras se contracturan o notan tensión corporal y las puede haber que desarrollen anorexia, bulimia, crisis de ansiedad. Esto significa que no sienten fortaleza porque la parálisis mental se ha extendido a todo el cuerpo. Y es que la fragilidad mental y emocional tiene su traducción en el cuerpo físico. Somos un todo. Y por esta razón las personas acosadas a veces son incapaces de reaccionar. Y éste es otro motivo para sentirse avergonzadas, porque parece que, aunque quieran, ellas mismas no son capaces de moverse del infierno que están viviendo.

Si bien ahora vivimos en un contexto donde es más fácil hablar de maltrato porque es un tema que se ha socializado, también es cierto que la violencia estructural sobre la que muchas veces se basa el maltrato hace que siga estando presente en todo tipo de relaciones. En Internet incluso se ven mensajes o contenidos, muchos de pornografía, que claramente demuestran el grado en que el maltrato sigue existiendo; por otro lado, teatro y cine también nos reflejan esta cruda realidad que muchas víctimas viven en silencio.

He acompañado a víctimas de acoso que, a su vez, estaban en tratamiento psicológico. Y puedo asegurarles que muchas de estas personas si se las cruzan, en ellas solo percibirán fortaleza y carácter. Porque sí, es necesaria mucha fortaleza para aguantar el maltrato.

Y es precisamente porque son fuertes que aguantarán lo inaguantable, pero se aislarán porque la situación les avergüenza a sí mismas. Y poco a poco se va gestando un sentimiento de que la fortaleza que tienen deja de reconocerla y el acoso las va mermando porque, obviamente, toda la situación les hace caer en una gran fragilidad y en un sentimiento de extrema vulnerabilidad.

Cuando se ha sufrido algún tipo de maltrato, generalmente, nos deja huella y grandes aprendizajes, pero no olvidemos que, si bien se vive individualmente, tiene una base social en el que se permiten acosos ya sea en las escuelas, las familias o el trabajo. Y la vergüenza es un sentimiento que se construye desde el ser en relación al medio en el que vive, es decir, en su entorno social.

Por eso es responsabilidad de todos ser claros a la hora de posicionarnos ante determinados maltratos, para evitar que se socialicen y dejen también unas secuelas donde, por mucho tiempo, la gran compañera de los que lo han sufrido es una vergüenza absolutamente injustificada.