Las heridas emocionales que nos congelan por dentro
Hay heridas emocionales que nos congelan el corazón, puede qué por unas horas, por unos días, unas semanas o muchos años. Cuando las heridas tardan tanto en cicatrizar es porque algo de lo que ocurrió se quedó incrustado en nuestra piel, probablemente porque en ese momento esa emoción sirvió para algo que tenía sentido para nosotros. Y nos dejó una huella profunda, muy profunda.
Puede que pasen los años y no seamos conscientes de cómo esta herida nos condiciona, o puede que sí. Podemos entrever que algo nos lastimó y decidimos protegernos para no volver a pasar por lo mismo.
Cuando las heridas rebrotan
Sin embargo, la vida se expresa de distintas formas, por lo qué si arrastramos una herida, puede que interpretemos un mismo guion adaptado a una nueva situación. Es cuando esta profunda herida rebrota cuando menos lo esperamos.
Por eso, aunque sea coach, cuando un cliente arrastra temas del pasado que le condicionan su presente, no eludo entrar en esta ventana temporal, precisamente para poder trabajar el presente de la persona en su proceso personal o profesional.
En los procesos en que se identifican estas heridas difíciles es preciso ser paciente con uno mismo, comprender qué ocurría más allá del hecho concreto antes, durante y cómo se salió de ese suceso. Desde este lugar ampliamos el entramado de situaciones y relaciones que nos permiten ubicar el hecho que produjo tanto dolor en cuestión; no para justificarlo, sino para comprenderlo. Si llegamos a esta comprensión podemos identificar el malestar presente que se originó en el pasado.
Sin embargo, esto solo se trata de una capa. Si se es honesto con uno mismo, veremos como replicamos actitudes que tienen su origen en esa gran herida, pero con distinta forma.
La identificación de la herida
A medida que pasa el tiempo, si nos trabajamos mínimamente, vas descongelando el alma. Hasta que un día, algo ocurre en ti y te hace ver con claridad una faceta reactiva de ti mismo que adoptaste durante esa dolorosa experiencia; una reacción asociada a una determinada emoción que te fue útil y por ello la convertiste en “marca de la casa”. Pero ahora esta distinción ya te pesa demasiado. Entiendes que es un rasgo que no te define y, además, te daña.
Es uno de los últimos peldaños que te quedan por atravesar para liberarte, para acabar de descongelarte y cicatrizar así tu herida y aprender a simplemente convivir con ella en lugar de que te dañe.
Atravesar esta última fase es como atravesar un portal muy íntimo, que pocas personas alcanzarán nunca a entender. Pero no importa, lo haces por ti, desde ti y para ti.
Y no olvides que si necesitas un acompañamiento para hacer un tramo de este camino, pedir ayuda es propio de personas valientes y humildes. Los que identifican que tienen un problema, pero no hacen nada con ello, sin darse cuenta, buscan la atención de los demás, reproduciendo actitudes que tanto les dañan a ellos como a aquellos que le acompañan, ya sea en casa, en el trabajo, con los amigos o cualquier otro tipo de relación.
A veces “pedir ayuda” también es apoyarse porque lo que uno vive en soledad, no es más que una lacra social que se vive individualmente; compartir las propias heridas es otra posibilidad de hacer una relectura que va más allá de nuestro propio cuerpo.
Conclusión
Te invito a que no temas ver detrás de comportamientos propios que te incomodan para descubrir cosas de ti y que solo necesitan que les des su lugar. Es así cómo podemos ir cerrando heridas que necesitan cicatrizar. Recorrer este camino no es sencillo y requiere saber estar atentos a lo que nos pasa, cómo nos sentimos después de un conflicto que nos resulta familiar como incómodo. Pero a medidas que avanzas, te sientes cada vez más satisfecho. Cuando lo hayas caminado y reconozcas cada etapa que dejaste atrás, andarás mucho más ligero, más fuerte y te dejarás abrirte a tu corazón.
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