Alexandra
Farbiarz
Mas

Soluciones para el bienestar personal y la sostenibilidad

¿Qué tipo de gestión emocional digital para niños debemos plantear los adultos cuando existen muchas señales comprobadas por distintos colectivos científicos y otras comunidades profesionales que perjudican a su crecimiento?

“La historia de la infancia es una pesadilla de la que hemos empezado a despertar hace muy poco.” Lloyd de Mause… ¿no estaremos arrebatando de nuevo a los niños y a las niñas su capacidad de desarrollo con el uso continuado de las pantallas?

Ésta es una reflexión que excluye un montón de niños que trabajan en situación de esclavitud, trabajando desde muy pequeños, en minas para obtener componentes para móviles y otro tipo de dispositivos, o en fábricas para hacer ropa mucha de la cual rellenará armarios y al final serán nuevos residuos que nos afectarán a todos.

Pero no nos damos cuenta. Como tampoco caemos en la cuenta de todo el daño que supone el uso de móviles, tablets y otras pantallas en las capacidades de los niños, y, no nos engañemos, entre los propios adultos también. Pero hay diferencias. Durante la infancia es el momento en que desarrollamos nuestras habilidades, las generamos cuando jugamos con la familia, con nuestros iguales, con nuestros profesores, con nosotros mismos, ya sea a nivel cognitivo, físico o emocional. Es el momento en que establecemos nuestros primeros cimientos relacionales, nuestras primeras experiencias de las que seremos o no conscientes, pero que en gran medida, irán configurando nuestras tendencias, nuestros aprendizajes, lo que consideraremos válido o no en nuestro propio mundo de calidad, tal como lo entiende William Glasser en su libro “Teoría de la elección”. ¿Pero qué significará nuestro mundo de calidad si lo moldean las pantallas, los algoritmos y toda una serie de elementos que hay detrás del uso de las pantallas?

¿Qué significa ser niño en pleno s. XXI en nuestra sociedad? El concepto de infancia surge de forma mucho más reciente que lo creemos. Y por extensión el de crianza también. A su vez, dentro del mundo de los mamíferos, somos de los que más tiempo pasamos en la crianza. El hecho de ser niño o niña implica que tengamos padres, personas o comunidades que nos tutelan y nos ayudan a crecer. Y para ello se necesita tiempo.

La paradoja del desarrollo de la tecnología es que la promesa que con ella tendríamos más tiempo, no se ha comprobado para la mayoría de las personas. Y los niños lo sufren.

He estado impartiendo un curso de gestión emocional digital para niños para establecer directamente con ellos un diálogo sobre qué supone el manejo de los móviles desde ellos. El objetivo es que fueran los propios niños los sujetos con los que hablar sobre un asunto que les afecta directamente desde su propia percepción, en lugar de hacerlo con los padres. Porque socialmente, y afortunadamente, empieza a ver ya un movimiento de familias que no quieren que sus hijos estén utilizando el móvil hasta bien entrada la adolescencia.

El curso se ha destinado a niños de sexto de primaria, donde el 80% de los alumnos tiene móvil y el 20% restante no. La mirada y respuestas verbales difiere radicalmente.

El curso pivotaba en función de una serie de preguntas que se les lanzaba a los alumnos y se iban recogiendo sus respuestas. A través de sus respuestas se les invitaba a hacer reflexiones o se les proporcionaba información que desconocían del uso de los móviles, las pantallas, Internet y los videojuegos.

Lo más relevante de este apartado fueron dos aspectos:

  1. A pesar de que muchos de ellos afirmaban no tener muchas redes sociales, salieron hasta 14 redes sociales, algunas de las cuales, de contenido adulto, e incluso alguno que incluye imágenes y prácticas de carácter pornográfico. Más curioso fue que al preguntarles que escribieran qué les había sorprendido unos cuantos se habían sorprendido al saber que otros compañeros suyos conocieran esta misma red social.

A su vez, los que no tenían móvil se extrañaban de la cantidad de redes sociales habían salido.

  1. Al preguntarles a qué asociaban las pantallas respondieron: posibilidades, rapidez, son llamativas, artificiales, tienen muchas notificaciones, te distraen, circulan estafas, los mensajes son cortos. Así pues, hacen un buen diagnóstico de cómo y para qué funcionan, sin embargo, no son poco conscientes del impacto que les supone. Cuando se les habla de cómo incide en su aprendizaje, del riesgo adictivo que supone, la mayoría de los que tienen móvil afirman poderlo controlar.

Pero cuando se les pregunta si preferirían pasar más tiempo con sus padres o con el móvil, primero se hizo un silencio que calificaría como denso y algo triste y de pronto todos quieren participar. Aunque los padres tengan profesiones distintas, todos coinciden que a menudo los padres no pueden dedicarles mucho tiempo por su trabajo. De hecho, los niños se hacen cargo esta situación. Y ahí está gran parte del asunto. La soledad del niño a veces se sustituye por tiempo permitido delante del móvil. Los sentimientos de culpabilidad, así como de inconsciencia de los padres que aún no han entendido qué supone el uso de las pantallas a diario, es la gestación de unos hábitos que van en detrimento de un buen desarrollo cognitivo, físico y emocional de los niños. Una vez más parece que la famosa conciliación de la que tanto se habla se hace más que carente a juzgar por estas respuestas.

En este sentido cabe destacar las aportaciones que hacen distintos científicos a la hora de subrayar lo preocupantes que son el uso de las pantallas durante la infancia y la adolescencia. Destacamos por ejemplo al neurocientífico francés Michel Desmurget que ha escrito dos libros muy pedagógicos sobre la cuestión. Por un lado “La fábrica de cretinos digitales” y por el otro “Más libros y menos pantallas”. En nuestro país el psicólogo y Dr. Francisco Villar del Hospital de Sant Joan de Déu de Barcelona nos advierte del daño que se causa a los más pequeños y a los jóvenes el uso del móvil. En Alemania, 40 académicos de distintas disciplinas y muchos más profesionales, hicieron un llamamiento a favor de una moratoria de la digitalización en guarderías y escuelas. En Cataluña se inició el manifiesto Infancia y Pantallas con psicólogos, neurcocientíficos, formadores en relaciones familiares, sociólogos, artistas, colegios profesionales, hospitales, etc que buscan proteger a los niños de entre 0 y 6 años de la exposición a las pantallas. Pero, como veremos, la exposición a los 11 años ya supone efectos sobre los que reflexionar.

Volvamos a los alumnos con los que trabajaba. Aprovechamos que puesto que había alumnos que no tenían móvil para saber qué diferencias hay entre lo que se gana y lo que se pierde al tener móvil y al no tenerlo. Éstas fueron las respuestas:

Con móvil

Sin móvil

Qué me pierdo Qué gano Qué me pierdo Qué gano
No veo lo que hacen los otros Jugar en conexión Conocer a personas que no conozco Puedo hacer otras cosas: hablar más o leer más con las personas que me rodean
No muevo mi cuerpo Puedo ganar premios o dinero En caso de perderme no tengo nada para comunicarme Estoy más libre
Pierdo mi vista Más conocimiento e información Comunicarme con personas que estén lejos Actividades con amigos
No juego al futbol Comunicar con mis compañeros de clase fuera del horario escolar Hacer más cosas
Pierdo el tiempo de estar con mis amigos Comunicarme a distancia mediante videollamada con mis mayores Pasar tiempo con la familia
Dejo de hacer actividades divertidas como jugar, dibujar. Hablar o jugar desde la playa

Podríamos hacer muchos análisis de lo que se expuso en este cuadro, pero no creo que haga falta ya que las respuestas hablan por sí solas. Pero sí podemos extraer que los que tienen móvil reconocen que les puede afectar a su salud porque no se mueven tanto, porque les puede afectar a la vista y porque el hecho de pasar más tiempo en las pantallas les hace perder la posibilidad de estar con los amigos. En cuanto a lo que ganan hay elementos positivos como el hecho de hacer videollamadas con sus familiares mayores que no están en casa, pero otros preocupantes y signo de adicción cuando hablan de “ganar premios o dinero”, “hablar o jugar desde la playa”, por poner algún ejemplo.

Los que no tienen móvil ponen en valor todo aquello que les permite hacer el hecho de no tenerlo, y en todos coincide algo: la capacidad de hacer distintas actividades y la capacidad relacional con amigos y la familia. En lo que perdían, es básicamente la oportunidad de conocer a gente que no conocen, algo muy propio de la curiosidad y que los algoritmos de las redes sociales y los motores de búsqueda y la IA han sabido utilizar muy bien aun cuando la ética esté más que cuestionada en estos “espacios”.

Eso lleva a otra reflexión: la capacidad de autonomía de los que crecen con móvil es probablemente muy diferente de los que crecen sin él. Porque el que tiene un móvil sigue los patrones que se hacen para que las personas, niños o adultos se “enganchen” a las pantallas.

Y porque a nivel relacional entran muchas otras cosas en juego. Por ejemplo, un niño que pasa mucho tiempo en las pantallas lo más probable es que se enganche a un mecanismo basado en despertar una dopamina muy rápidamente seguido de otro contenido para volver a “encender” esta dopamina. Cuando esto se hace de forma continuada no permite el aprendizaje y gestión de la frustración…siempre habrá algo que el móvil hará que te “tranquilices”. Pero no todo se resuelve en la vida con los móviles. Así pues, se crean estados que difícilmente permitirán un aprendizaje de mecanismos de resiliencia ya que, una de las primeras cosas a abordar para poder superarla es, precisamente, el lidiar con la propia frustración.

También hay un darse cuenta entre los niños que ya a esta edad tienen móvil de lo que alarmaba en 2022 la Fundación Pau Gasol en el estudio PASOS: combatir la obesidad pasa por reducir el tiempo de exposición a las pantallas. Los mismos niños se dan cuentan que “no se mueven tanto”.

En esta edición del estudio referenciado, la propia presentación del estudio recogía estas escalofriantes cifras:

  • Durante la presentación del estudio, Pau Gasol ha apuntado la difícil situación de la salud de los niños/as y adolescentes: el 33,4 % presenta sobrepeso u obesidad, realidad que se agrava en el caso del género masculino, la población de menor edad y la de menor nivel socioeconómico.
  • 6 de cada 10 menores supera las horas recomendadas de uso de pantallas entre semana, mientras que 8 de cada 10 supera la recomendación el fin de semana.
  • Se reduce en 23 minutos al día el promedio de tiempo dedicado a la actividad física moderada o vigorosa. 
  • Prácticamente la mitad de la población infantil y adolescente española no cumple con la recomendación de horas de sueño tanto para los días de entre semana como para los del fin de semana.
  • Cada vez menos niños y niñas alcanzan un nivel óptimo de adherencia a la dieta mediterránea y crece el porcentaje de los/las que presentan un nivel bajo. 

Así pues, el uso continuado de pantallas puede suponer problemas físicos, psicológicos y mentales y afecta tanto a nuestras habilidades como capacidades: la de atención y por ende concentración y la memoria.  Y, además, existen otras consecuencias de otra índole como las afectaciones ambientales del mundo digital.

Esta situación es alarmante y las afectaciones del mundo digital son temibles no solo a escala individual sino también social. El problema está en que la percepción de la adicción a las pantallas no la tienen muchos adultos tampoco, porque está tolerada socialmente. Y esto es un problema.

Lo que sí me dio mucha esperanza es que tuve la sensación que los niños que no tenían móvil y que eran minoría, salieron muy reforzados con este curso. Todos pudieron escucharse y sacar sus propias conclusiones. Pero creo que es interesante que los niños que no tienen móvil puedan sentirse bien a pesar de saberse diferentes por el mero hecho de no tener móvil y que, muy probablemente, les ayude, no solo en su presente, sino también en su futuro.

Voy a cerrar este artículo con una anécdota que me sucedió en una clase sobre comunicación y liderazgo en el año 2011 en Sevilla dirigida a un alumnado de 18 años para adelante, en el contexto de una formación de secretariado y otra de contabilidad. En un momento dado, los alumnos habían de elegir un tema sobre el que quisieran mejorar sus habilidades de comunicación. Hubo uno en particular que me llegó al alma porque el chico realmente se veía que hizo todo un esfuerzo para expresarlo: “Quisiera poder comunicarme igual de bien en la vida real que en mi vida digital” En ese momento, las redes sociales no estaban tan implantadas como ahora y esta frase me pareció demoledora. Ahora creo que habrá muchos más jóvenes como él, porque las pantallas acaban encerrando a las personas detrás de ellas, porque parece que los estímulos reales son mucho más lentos que los estímulos “al gusto” del mundo digital. ¿Pero, además de lo que hemos visto, cuántas otras cosas se perderán o se añadirán sin necesidad alguna a sabiendas que solo dañan?

Finalizo este artículo con esta reflexión que comparte Carlos Ares en su blog:

«La digitalización nos deja el yo exhausto, como explica muy bien “La Fatigue d’être soi” de Alan Ehrenberg; porque al no conectar con el aquí y ahora de pantalla en pantalla estamos siempre frustrados y solo vivimos cuando, por fin, desconectamos.»