Alexandra
Farbiarz
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Soluciones para el bienestar personal y la sostenibilidad

La soledad es tan consustancial al ser humano como lo es su condición gregaria. Somos mamíferos y tenemos tendencia a ir en manadas, aunque no todos lo hagamos en la misma medida y haya almas solitarias. En todo caso, somos animales conscientes de nuestra propia individualidad y, por lo tanto, también de nuestro sentimiento de soledad.

La soledad puede ser una forma de estar o de sentir, o ambas cosas a la vez. Socialmente, la soledad es una cuestión difícil de abordar porque suele generar muchos sentimientos: hay personas que no soportan la soledad y hay quien la defiende a ultranza. En cualquier caso, el uso indiscriminado de las redes sociales, que ya toca a todos los segmentos de edad, demuestra que nos gusta sentirnos acompañados y necesitamos estar en contacto con otras personas. Un uso, por cierto, que deberíamos de revisar a tenor de la alerta de determinados neurólogos como Michel Desmurget que llega a afirmar que los «Los ‘nativos digitales’ son los primeros niños con un cociente intelectual más bajo que sus padres» 

La cuestión es que significa la soledad para cada uno, cómo la vivimos y, sobre todo, desde dónde la vivimos y si nos permitimos vivirla…porque, al final, la soledad es nuestra más fiel compañera, estemos solos o acompañados.

La soledad es un estado que puede reenviarnos a sentimientos tan distintos como la oportunidad de escucharnos atentamente, de crear, de sentirnos abandonados, de sentir el vacío existencial, un lugar de disfrute, de sentirnos extraños en nuestro entorno, de generarnos un espacio de libertad, observación y expresión sin la mirada más que la propia, puede hacernos de espejo de todo sentimiento que podamos tener ya sean éstos cómodos, incómodos o que no sepamos descifrar.

La soledad puede reenviarnos a estados y sentires muy diversos y, según nuestro momento vital y nuestras circunstancias puede ser fuente de oportunidades, de riesgos o un escudo donde escondernos para evitar cuestionarnos cuando las cosas no van como querríamos.

En la sociedad de la distracción y el entretenimiento, estar solo ( muy distinto a sentirse solo) no es algo que cotice aparentemente: mucha gente se aferra a dispositivos digitales y analógicos para creerse en contacto con otros, para mostrar los pedazos más preciados o mejor envueltos de su vida aun cuando viven una auténtica soledad. Porque los contactos no son sinónimos de vínculos. Los vínculos necesitan de tiempo, de compartir experiencias, de sorprenderse por cosas que uno no se esperaba al conocer una persona de confianza.

Y cómo dice Luis Rojas Marcos en «La fuerza del optimismo», las personas con vínculos de calidad  «expresan un nivel de satisfacción con la vida considerablemente superior». Tener y mantener relaciones de calidad es pues esencial… también para poder acompañarnos mejor en nuestra soledad. Porque cuando estamos solos, revisitamos nuestras relaciones aún cuando no las tenemos delante. Porque cuando nos sentimos solos, recordar que cuentas con buenos amigos, hace que la soledad no deseada, pueda menguar un poco.

Me preocupa, sin embargo, lo poco valorada que está la soledad bien vivida. La soledad que te inspira, la soledad en que decides estar contigo por el simple placer de pasar un rato en silencio, con la música que más te apetece o regalarte un paseo. La soledad donde puedes reflexionar sobre tus propios asuntos, para escuchar lo que realmente te conecta con tu propio ser, un espacio desde dónde creas y mantienes esos pequeños conflictos porque te surge hacer algo, pero no acabas de estas satisfech@ con lo que haces y tratas de ver cómo lo puedes mejorar…como podrías hacerlo trabajando en equipo con otros, pero desde otro lugar. Porque, no nos engañemos, a veces, con quien peor nos llevamos es con nosotr@s mism@s, porque, al fin y al cabo, de nosotros no nos escapamos ni para lo bueno, ni para lo malo, ni para lo extraño.

Con ello no hago apología ni bandera de que la soledad sea un bien supremo…lo es tanto como pueda serlo estar en compañía. Lo único que ocurre es que no nos enseñan la soledad como un espacio interesante en el que estar e indagar, donde aprender de nuestras emociones, donde crear posibilidades sin estar constantemente enganchados a dispositivos móviles que nos calmen la ansiedad del contacto y la distracción.

Porque en el fondo, cuando estamos tan enganchados a móviles y similares, huimos de la soledad para huir también de nuestros propios conflictos: mirar hacia fuera es más fácil que mirar hacia dentro.

Pero también hay quien se abona incondicionalmente a la soledad como refugio del “ruido” que le provoca el mundo externo, porque cree que no cuenta con suficientes habilidades sociales para sentirse aceptados, o porque no le gusta nada su propia realidad y no quiere compartirla con los demás. En este caso, recurrir a la bandera de la soledad es un autoengaño porque es otra forma de huida.

En cualquier caso, creo que sería sano un debate social sobre la soledad entre adultos. A los niños les suele costar poco decir si se sienten solos o no, y creo que es valiente por su parte. Nos hacen de espejo de un estado y un sentir común, natural, a veces un lugar duro y hostil, otros maravilloso, otros aburrido, otros de alivio. ¿Qué pasaría si nos atreviéramos a hablar más sobre ello? ¿Y tú, que tal te llevas con tu soledad? ¿Te mimas o te castigas en ella? ¿Sabes hacer de ella una buena compañera?